domingo, 27 de febrero de 2011

punto y aparte.

"- ¡Ahí -murmuró-, ahí quedará castigado y yo me veré libre de todos y de mí misma!
    El saquito que llevaba, que no se desprendió a tiempo de su brazo, le hizo perder el momento de arrojarse bajo el primer furgón. Esperó que llegase el segundo y entonces experimentó una sensación similar a la que en otro tiempo había experimentado al sumergirse en el río para bañarse. Hizo la señal de la cruz, y este ademán suscitó en ella un tropel de recuerdos de la juventud y de la infancia. Ante ella brilló la vida por un momento con sus fugaces alegrías.
    Pero Ana no separó la vista del tren y, cuando vio el espacio entre dos ruedas, arrojó su saquito inclinó la cabeza y, cruzando los brazos, se dejó caer de rodillas bajo el vagón, como dispuesta a levantarse.
    Todavía le quedó tiempo para experimentar miedo.
- ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy aquí? -dijo Ana, haciendo un esfuerzo para echarse hacia atrás.
    Pero una pesada mole, enorme e inflexible, chocó con su cabeza y la arrastró por los hombros.
- ¡Perdonadme, Señor! -murmuró, comprendiendo la inutilidad de la lucha.
    En aquel momento, un hombrecillo de espesa barba y desgreñada cabellera, se inclinó en el estribo del vagón para mirar a la vía. Y la luz que para aquella infeliz había iluminado el libro de la vida, con sus tribulaciones, sus falsedades y sus dolores, rasgando en aquel instante las tinieblas, brilló con vivo fulgor, vaciló y se extinguió para siempre."

Ana Karenina de León Tolstoi, capítulo XI, séptima parte


- ¡Ahora ya lo sé! Ahora que es demasiado tarde...
- Al contrario, es demasiado pronto... Y todavía tienes tiempo.


CONCLUSIÓN:
punto y aparte.


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